03
Mar
08

La última ballena volante

Ardiendo

El LZ 129 Hindenburg subió por primera vez a los cielos el 4 de marzo de 1936, y debía su nombre a Paul von Hindenburg, presidente del Imperio Alemán (posteriormente llamado República de Weimar). Junto al modelo LZ 130, el dirigible Hindenburg se encontraba en la cima de las aeronaves más grandes jamás construidas. Su esqueleto de duraluminio medía más de 245 metros de largo y 41 de diámetro, e iba recubierto de un compuesto de algodón, celulosa, óxido de hierro y polvo de aluminio que -teóricamente- protegía al dirigible de los peligros de la electricidad estática y sus chispas en combinación con el hidrógeno (del que el Hindenburg iba lleno, debido al embargo estadounidense sobre el helio). 4 enormes motores diesel de 1200 C.V. impulsaban a este enorme cetáceo volador.

Había costado 500.000 libras a la compañía Luftschiffbau Zeppelin, aunque originalmente no admitía más de media centena de pasajeros (y cerca de sesenta tripulantes). En su primer año de uso comercial, el Hindenburg cruzó 17 veces el océano Atlántico rumbo a Estados Unidos y a Brasil. Llevó a personajes tan ilustres como el boxeador Max Schmeling, e incluso fue utilizado para el espectáculo inaugural de los Juegos Olímpicos de Berlín ’36.

Un año después, sucedió el desastre. Tras uno de sus viajes comerciales al otro lado del charco, el dirigible se disponía a atracar en la Estación Aeronaval Lakehurst de Nueva Jersey después de haber amainado una fuerte tormenta. Con los amarres largados, la aeronave se dirigía hacia una torreta de mantenimiento cuando se detectaron en popa destellos debido al fuego de San Telmo (descarga eléctrica en aires ionizados por las tormentas). En menos de cuarenta segundos, el zeppelin quedó completamente destruido. Avivado por el recubrimiento del dirigible, el fuego se propagó a una velocidad brutal, alcanzando temperaturas superiores a los 3000ºC. El esqueleto estructural caía lentamente, como una pluma, mientras los pasajeros saltaban desde alturas de quince metros. Trece pasajeros y veintidós tripulantes murieron, de un total de 97 personas a bordo. Los tanques de agua cedieron, permitiendo a algunos refugiarse de las gigantescas llamaradas.

Al día siguiente, se radió la narración de Herbert Morrison (uno de los periodistas que había cubierto el vuelo para la cadena WLS Chicago, famoso por su frase ¡Oh, la humanidad!) y la noticia alcanzó una gran repercursión mediática. Los dirigibles se consideraron a partir de entonces como muy inestables y peligrosos. Tras una investigación, Adolf Hitler ordenó el amarre de toda la flota de dirigibles comerciales.

He aquí la transcripción del momento del accidente, narrado por Morrison:

¡Explota en llamas! Explota en llamas y está cayendo, se está chocando… ¡Quítense de en medio, quítense de en medio!.¡Graba esto, Charlie, graba esto, Charlie!. ¡Está ardiendo y se está chocando!. ¡Se está chocando, terrible!.¡Oh, mi …! ¡Quítense de en medio, por favor!. ¡Está ardiendo, explotando en llamas y está cayendo sobre el mástil de amarre, y la gente alrededor!. Oh, esto es terrible. ¡Esto es la, una de las peores catástrofes en el mundo!. ¡Oh, Jesús mío!… Oh, entre 400 y 500 pies de alto. Es una caída terrible, señoras y señores, hay humo y está en llamas, ahora, y la estructura está cayendo al suelo, no muy lejos del mástil de amarre. ¡Oh, la humanidad, y todos los pasajeros gritando alrededor!. No puedo hablarle a la gente… no puedo, señoras y señores. Escúchenme, voy a tener que parar durante un minuto porque esto fue lo… lo peor que he visto nunca.

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